¿Qué sentiste al ver la escena de la película El Padrino en la que un personaje (Jack Woltz) se despierta y siente algo húmedo en sus sábanas de seda y, al destaparlas, descubre la cabeza cercenada de su valioso semental purasangre?

¿Y qué sentirás ahora al leer la misma escena? Son solo tres párrafos de la pluma de su autor, Mario Puzo, en el libro que dio origen a la película:

«Woltz se despertó sintiendo algo húmedo y pegajoso en las sábanas. Al principio pensó que, por alguna extraña razón, había vuelto a mojar la cama como cuando era niño. Pero el olor que le llegó a la nariz era demasiado metálico, demasiado pesado. Con un movimiento brusco, apartó las sábanas de seda de un tirón.

Al principio no comprendió lo que estaba viendo. Bajo la luz pálida de la mañana, el edredón estaba empapado de una sangre espesa y oscura. En medio de aquella carnicería, descansaba la enorme cabeza de Jartum. La magnífica cabeza de color negro azabache del semental que le había costado seiscientos mil dólares.

Los ojos del caballo, grandes y vidriosos, parecían mirarlo con una acusación silenciosa. Sus fosas nasales, una vez llenas de fuego y velocidad, estaban ahora rellenas de sangre seca. Woltz intentó gritar, pero el sonido se le quedó atrapado en la garganta. Finalmente, un alarido de puro terror rompió el silencio de la mansión.»

¿Oliste la sangre? ¿La palpaste? ¿Te dio asco?

A que sí.

Entonces Mario Puzo supo jugar muy bien con las palabras.

La escena en la película seguramente te habrá resultado impactante y/o desagradable. Pero le faltó el olor metálico y la textura espesa y pegajosa de la sangre. He ahí la magia de las palabras.