A menos que estés escribiendo una biografía, un ensayo, tus memorias o un libro técnico, en la escritura creativa la norma es mentir. Quienes disfrutamos de escribir cuentos y novelas tenemos una nariz tan o más larga que la de Pinocho, pero no mentimos por travesura como Pinocho; mentimos como un ilusionista, como un arquitecto de realidades o como un estafador piadoso.
Aunque afirmemos que la obra está inspirada en hechos reales, modificamos nombres, exageramos sucesos e inventamos personajes. El vengador será más despiadado que el modelo original que escogimos; añadiremos situaciones y diálogos que nunca ocurrieron en la realidad. Es ficción, incluso si se anuncia que está «basada» en hechos reales (recordemos que «inspirado» y «basado» son términos diferentes y no significan lo mismo).
De igual forma, es falso cuando un autor niega cualquier parecido con la realidad. ¿Por qué? Porque quien escribe encuentra sus argumentos en sus propias experiencias, en las ajenas, en la historia mundial, en las noticias, en sus lecturas, en el cine, en la televisión o, incluso, en los cotilleos del barrio. Una conocida frase literaria afirma que «la ficción es la verdad dentro de la mentira». Pero, cuidado, ¡hay que saber mentir! De lo contrario, lo que escribamos no resultará entretenido ni creíble.
