¿Los escritores somos raros? (I)
La respuesta es sí. Preferimos sentarnos frente al ordenador tecleando como si no hubiera un mañana (o inclinados sobre una libreta), completamente abstraídos, con un cartel imaginario sobre la cabeza que grita: «No molestar».
Esta es la primera entrega de una serie de breves sobre las peculiaridades de algunos autores. Empezamos con Stephen King, quien hasta la fecha ha publicado más de 80 libros entre novelas, colecciones de relatos y obras de no ficción. Su debut fue Carrie, en 1974. Si eres de los que disfrutan del terror o el suspense, seguro que has visto adaptaciones como El resplandor, It, Misery o La milla verde.
Si además lo has leído, habrás notado que construye a sus personajes sobre una sólida base de realismo psicológico. Me fascina cómo desnuda las fortalezas y debilidades de personas comunes y corrientes puestas al límite.
King escribe los 365 días del año; todos, sin excepción. Y no espera a las musas. La inspiración le llega cumpliendo un ritual estricto: a puerta cerrada, con música a todo volumen (hard rock o heavy metal), sentado en el mismo lugar, con sus papeles dispuestos con idéntica simetría y tomándose una vitamina antes de empezar.
No se levanta de la silla hasta haber alcanzado las 2.000 palabras diarias, sea Navidad, festivo o su propio cumpleaños. Además, considera que un primer borrador no debe llevar más de tres meses; de lo contrario, la historia empieza a enfriarse y volverse ajena. Toda una hazaña si consideramos que sus obras suelen rondar las 400 páginas y algunas superan las 900.
Tampoco utiliza mapas conceptuales, fichas ni esquemas previos; no planifica capítulos. Trabaja a partir de una premisa del tipo: «¿Qué pasaría si…?» (por ejemplo: «¿qué ocurre si un niño descubre que su padre mató al perro de la familia?»). A partir de ahí deja que los personajes respiren y decidan su camino, sin saber él mismo cómo terminará el libro.
Asimismo, defiende la regla de oro de recortar una décima parte del manuscrito original en la revisión para que la prosa gane nervio. Definitivamente, King ha escrito más páginas que los macarrones que he comido en toda mi vida.
Una última peculiaridad: su esposa, Tabitha, es su lectora cero indiscutible. Escribe pensando en hacerla reír, asustarla o conmoverla. Si funciona con ella, sabe que funcionará con el resto del mundo.
Todos tenemos nuestras rarezas… ¿cuál es la tuya?
