Certezas en llamas

En mi madurez, con más arrugas que certezas (y arrugas tengo pocas, así que certezas menos) y un perro llamado Jerry que me mira como si yo fuera el mayor misterio del universo, me topé con una revelación pintada en un muro desconchado: «Vivir no es otra cosa que arder en preguntas». Me detuve en seco, no sé si por la hondura del grafiti o porque mis rodillas deciden exigir pausas dramáticas de cuando en cuando.

La frase me golpeó con la fuerza de un aguacero tropical. ¡Qué impertinencia! Llevo décadas intentando archivar respuestas en carpetas mentales y resulta que ¿el secreto era prenderles fuego?. Siempre nos han vendido que la madurez es un puerto tranquilo, pero yo sospecho que es más bien un incendio provocado por la curiosidad.

A estas alturas, mi vida es caso realismo mágico cotidiano: las llaves desaparecen para aparecer en el frutero y mis recuerdos se mezclan con los finales alternativos de mis novelas. Si ya no sé si ayer llovió o si simplemente olvidé cerrar el grifo, ¿para qué quiero respuestas absolutas? Las certezas son para los que tienen prisa; yo prefiero arder en la duda, que es un fuego mucho más divertido y no necesita mantenimiento.

Al final, si no estamos aquí para cuestionar hasta el color del cielo o la razón de nuestra propia existencia, mejor apagamos la luz y nos vamos. Yo, de momento, elijo seguir chamuscándome en interrogantes, con la ironía por bandera y la sospecha de que, si encuentro alguna respuesta, será para darme cuenta de que la pregunta estaba mal formulada.