Ifigenia Valenzuela

En Carocaro, la verdad es un cadáver enterrado bajo el asfalto de los pozos petroleros. Para Ifigenia Valenzuela, el regreso a la hacienda familiar no es una vuelta al hogar, sino el descenso a un infierno de secretos y mandatos ancestrales. Tras sobrevivir a una agresión que dejó su seguridad hecha añicos, Ifigenia se queda sola frente a un imperio en llamas: su padre, el último patriarca, ha muerto.
«Añorar lo que nunca ocurrió, lo que hubiera sido o dejó de ser era tan inútil como construir una casa empezando por el techo. Solo le quedaba caminar mirando hacia el frente, colocar el punto final a ese rancio texto y comenzar a escribir otro.»
En una tierra donde las mujeres heredan el luto, pero los hombres el mando, ella deberá decidir si se deja asfixiar por los barrotes de su propia casa o si se convierte en la dueña de su destino. Entre el deseo y la repulsión, entre el honor y la supervivencia, Ifigenia descubrirá que, para salvar el legado de los Valenzuela, primero debe romper el espejo de mentiras que sostiene a todo un pueblo.

«Era su estancia favorita por el amplio ventanal con vistas a la Cruz de Palmeras. La sala circular era una invitación que no se podía rechazar para sentarse y disfrutar del ocaso del día, cuando el sol y los trabajadores se retiraban a sus aposentos, en silencio o cantando alguna tonada, mientras las bandadas de pericos despedían al día cruzando el cielo. Y también le gustaba cuando llovía, cuando los atardeceres eran de agua.»
«Y aprendió a vivir enmascarando el miedo, enmascarando el vacío, enmascarando la soledad que la acompañaba a todos lados al igual que su sombra. Ese mismo vacío que clamaba cariño, amor. Ese mismo vacío que en algún incierto lugar de su ser dormía la amazona apasionada y libre, la rebelde, la Ifigenia Ingenua Valenzuela que residía en ella desde pequeña.»
«Muchos lo lloraron al despedirse ante un féretro sellado mientras otros lo festejaron a escondidas tras las puertas y ventanas convenientemente cerradas. Había fallecido, no se sabía a qué hora ni en qué día ni dónde. Fue un secreto bien guardado. Incluso corrieron rumores de que llevaba bien muerto desde semanas atrás y hasta hubo quien dijo que había sido envenenado por uno de sus guardaespaldas. Habladurías que no pasaron de ser tales.«
«Ifigenia no conocía el otro lado, ese mundo que palpitaba más allá de los muros de la hacienda, más allá de los límites del Estado Carocaro. Creció dentro de una cúpula de cristal. Había escuchado cuentos e historias, pero cuentos e historias ajenas a ella y ella pensaba que las pintaban con pinceles cargados de exageraciones, culpando a la creatividad, la creatividad inherente al ser humano. Si alguien le hubiera contado días atrás que había pagado diez dólares por usar un baño insalubre, no se lo hubiera creído.»
