Ariet y otros relatos

La brevedad intenta ser arte: historia tras historia, una invitación a la reflexión. En el vasto catálogo de la narrativa contemporánea, existen obras que no necesitan de una gran extensión para dejar una huella. Ariet y otros relatos es una de ellas. Esta recopilación de historias cortas presentadas como un ejercicio de precisión narrativa y sensibilidad humana.

Dieciocho relatos cortos, algunos de ellos inspirados en hechos reales. Relatos que rozan temas de amor, desamor, locura o muerte, algunos con toques de humor.

Contiene Langostinos como testigos, relato ganador en la Categoría Adulto del II Concurso Literario ¿Y tú qué cuentas? convocado por la Biblioteca Pública Municipal de Pinilla, León 2010.


Es una selección personal realizada en base a la línea que une al nacimiento y la muerte, al amor y el desengaño, la condena al perdón, la ilusión a la desilusión, la opresión con la huida. Todo tiene un inicio y un final.

Ariet
La sonrisa de la luna
Parada en Valverde del Río
Una cola en la trampa
Entre un nombre y dos palabras
Celdas de acero, celdas de cristal
El juego del perdón
Mutis
Langostinos como testigos
Las memorias de don Eustaquio
El niño del trigal
A los muertos hay que dejarlos quietos
Frenesí
Un café en París
Negación
Antes de partir
Maldito apagón
Pequeña resurrección

«Borja miró el reloj. Las quince y diez. El horario de visitas acababa de empezar. Dio un último mordisco al bocadillo de chorizo y apuró el resto de la cerveza. Bajó del coche, sacudió las migas y miró al cielo. El sol permanecía escondido tras las nubes. Decidió, entonces, ir caminando hasta la cárcel. Estas reiteradas visitas le incomodaban, era inevitable. Cada doceavo lunes, Borja no abría el bar y marchaba en su viejo Seat, nunca comentaba adónde. El resto de las noches bajaba la persiana metálica del local y subía a la soledad de su casa. A veces dormía en el sofá, otras en la cama, donde le pillara el cansancio.
Cruzó el puente sin prisas, aún con la espalda adolorida por las tres horas sentado conduciendo desde Madrid. Aquellos ojos negros que le cautivaron la primera vez, ahora sólo los encontraba en unas instantáneas descoloridas, guardadas en una caja de lata en el fondo de un cajón.
El río, ese manso río bajo el puente, lo devolvía a los paseos por su orilla, a los brazos de Charo, entregados debajo de un sauce, entre el cielo y la hierba.
Un repetido encuentro que los obligó a tomar una decisión porque pronto serían tres. Casarse propuso él, ella en cambio hubiera preferido la solución más fácil.

Demasiado jóvenes para aquel entonces. Textos y pupitres dejados a un lado a cambio de una paga suficiente para comida y casa: una habitación, un baño y un hornillo en la salita. Un jornal de doce horas lavando suelos y vasos en un prostíbulo donde a nadie le importó que Borja fuera más niño que hombre.
«¿Te acuerdas de la casera?», caviló Borja conversando con la sombra ausente de Charo, «dijiste que mi corbatín negro de cincuenta céntimos y la gomina en el pelo la habían conquistado. Tenías razón, las viejas se fijan en esas boberías. Miró mi corbatín y no buscó un aro en tus manos. La boda la habíamos dejado para un después, cuando hubiera para tu vestido. De enterarse la casera que habíamos escapado… ¡Qué par de tontos fuimos!, nos fugamos al pueblo de al lado… Luego nació Antonio. Durmió con nosotros hasta que nos encontraron, en pecado. Tu madre lloró maldiciendo mis días, la mía nunca contestó a mis llamadas. ¿Recuerdas lo que gritaste mientras te llevaban? Nadie podrá separarnos, pensé que era conmigo».»

Celdas de acero, celdas de cristal