Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Cuando quise abrir la puerta del armario, por el rabillo del ojo vi cómo un ala salía de mi costado derecho. Mi primera reacción fue retraerla y quedarme quieta. Entonces me percaté de que mi nariz había crecido, pero por más que lo intentaba no lograba detallarla. Quise tocarla y, nuevamente, esa ala apareció enfrente de mi cara.

Pero… ¿qué es esto?, pensé. Sentí miedo, mucho miedo. Estaba sola. Grité para despertar pensando que era un mal sueño, pero tan solo me salió un gruac.

Giré sobre mis pies, miré alrededor buscando no sé qué y allí me quedé largo rato, como una tonta, tal vez esperando que todo volviera a la normalidad. Una normalidad como la de haber visto la tarde anterior el eclipse de sol en compañía de amigos bebiendo una birra o dos. Una normalidad como la de abrir el armario con una mano o la de escuchar mi propia voz.

¿Qué me ha pasado?, me pregunté. Comencé a caminar y casi me voy de bruces: mi pie tropezó con algo. Incliné con temor el cuerpo y un poco más la cabeza. ¡Horror! Dos patas con cuatro dedos cada una: tres hacia el frente y uno hacia atrás. ¡Matilda!, me dije, ¡esas son patas de gallina!

Me enderecé pensando que era urgente mirarme en un espejo grande, de cuerpo entero, el que había en el hall de la casa. Tardé casi media hora en llegar; caminar fue una misión casi imposible porque, en lugar de concentrarme en subir y bajar las patas, escuchaba esa voz diciéndome: «Esas son patas de gallina… ¿De gallina? No, no, de gallina no, porque no son tan gruesas. Es de pájaro, estoy segura. Un canario, ¡eso!, patas de canario. Mmm, pero… ¿cuántos dedos tienen? ¿Dos? ¿Tres? Y yo tengo… ¡No, no! Tú no tienes nada. Esas patas que viste no son tuyas, ¡no!, ¡qué va! Ya verás que, cuando llegues al espejo, serás la misma de siempre. Todo esto es una ilusión óptica o me estoy volviendo loca. Sí, eso es, me estoy volviendo loca».

Lo primero que asomé al espejo fue la cabeza. Un gran pico negro, feo y encorvado fue lo que vi antes que el ojo redondo y oscuro que me miraba. Espantada, me aparté. Ese pico era inconfundible. ¡Me había convertido en un loro! ¡En un insoportable y asqueroso loro!

Otro gruac emergió de mi garganta y luego otros más mientras pretendía gritar: «¡No! ¡Un loro no…! De todos los pájaros que hay en el mundo, ¿tenía que ser un loro?».

Me sentí perdida. Mi mente voló —mejor dicho, se anticipó, porque eso de volar aún estaba por verse—. Vi en mi futuro una jaula, semillas, un periódico para mis excrementos y, encima, repetir lo que otros querían que dijera. ¡Mejor morir! Sí, mejor morir, porque cuando llegue mi marido y descubra que su mujer es un loro… Vamos, digo yo, si es que logra comprender que el loro soy yo. Hubieras podido convertirme en un canario amarillo y delicado, o en un águila rapaz y poderosa, o tal vez en un colibrí… Pero en esta cosa verde, ¡no es justo!

Ladeé la cabeza para mirar hacia arriba, porque de seguro allá estaría el culpable de todo esto, y pregunté con dos claros gruacs: «¿Por qué?». Y como una estúpida, callé esperando una respuesta.

¡Claro! ¡Tú qué vas a contestar si nunca has respondido a mis preguntas! Seguro que me dirías que no tienes idea y culparías al hombre, al hombre perfecto que creaste y pusiste sobre la tierra miles de años atrás. ¡Ja! Pues ahora soy un loro, ¿te enteras? En algo fallaste, y ahora mírame: en lugar de parir voy a poner huevos. ¿Un salto atrás? ¿Un error en el código genético? ¡Mira! Pico, alas, garras…

Y de pronto se me cruzó una idea: ¿y si no era toda yo un loro?

Decidida, me coloqué frente al espejo: nada que hacer, ¡era un loro de pies a cabeza! Toda verde, con unas patitas delgadas acabadas en garras y que solo lograba mirarme si volteaba la cabeza. ¡Al menos podrías haber puesto algunas plumas en azul o rojo! Fíjate, ¡hasta te aceptaba las blancas! ¿Qué te hubiera costado? Yo, que siempre he cuidado mi aspecto, que si cremas, tintes, gimnasia… No te comprendo, porque hasta los domingos he ido a la iglesia llevándote a mi madre. Y una cosita más: ¿no podías haberme hecho algo más pequeña?, digamos, ¿del tamaño de un loro normal? Soy tan grande que podría alimentar a una familia durante un mes: ¡un loro de un metro ochenta!

Quise salir huyendo con la idea de buscar mi muerte. Tras muchos intentos no logré abrir la puerta, y menos girar el picaporte. Resignada, me devolví a la sala pensando en cómo se suicidarían los loros.

Horas después escuché llegar a mi marido. Regresaba de trabajar.

—Hola, hola —saludó tras cerrar la puerta.

Noté que venía de buen humor. Entre risas continuó:

—En la radio se escucha cada cosa, Matilda. Imagínate, llamó un tío contando que su mujer se había convertido en un loro frente a sus narices, y luego llamó otro diciendo lo mismo, y después otr… ¡Matilda! ¡¿Qué hace este pedazo de animal en la sala?!

Tiempo después pude leer en la prensa que la mitad de la población europea se había convertido en loro. Los científicos no se ponían de acuerdo en cuál podría ser el origen de esta mutación instantánea: unos culpan a los transgénicos, otros a la clonación o a la contaminación, y también hay quienes opinan que son los extraterrestres. Yo lo único que sé es que al día siguiente del eclipse de sol soy un loro verde y muy grande, y si aún estoy viva es gracias a una asociación que nos defiende de los humanos, porque estos quieren convertirnos en alimento para los países más necesitados.

Por supuesto que mi marido me dejó por otra de carne y hueso. Ahora vivo en una casa nueva, adaptada y con dos palos de pared a pared. Él paga mi comida, agua y limpieza diaria de por vida. ¿Que cómo lo logré?, se preguntarán. Sencillo: le di de picotazos hasta que pronunció lo que yo exigía a cambio del divorcio.

El gobierno inmediatamente extendió ayudas a todas las comunidades para que a nosotros, los «euroloros», no nos faltara asistencia sociosanitaria y educación. Yo, lo primero que pedí fue un logopeda, pero fue inútil: mis cruags nunca mejoraron. En cambio, he sabido de otros que hasta dan discursos. Un japonés se convirtió en el hombre más rico del mundo al crear un ordenador para que los loros nos pudiéramos comunicar: el Lorocomputer.

Y aquí estoy, acabando este relato, aunque confieso que comencé con la idea de escribir mis memorias… Pero es muy engorroso, porque con el pico tecleo las letras y con las garras el resto. Y aquel, el de allá arriba, aún no me ha dado respuesta.